Conclusiones que podemos sacar de los textos de Navidad

Ayer empezamos el nuevo trimestre en el colegio. Dos días antes del fin de semana que apenas sirven para avanzar materia. He aprovechado la mañana del jueves para repasar (desperezar mentes, más bien) algunos conceptos.
También, cómo no, los alumnos han hecho un texto contando sus vacaciones. Pero les he puesto una condición: sólo pueden contar en el texto los dos regalos que más ilusión les han hecho.
La experiencia de otros años me dice que sin esta premisa los alumnos en vez de hacer el esfuerzo de contar qué han hecho se dedican a enumerar la cantidad ingente de regalos recibidos.
Escribir sobre las vacaciones no es una actividad que me guste mucho, pero sí me sirve para repasar faltas de ortografía, la expresión escrita y observar el esfuerzo y empeño que le dedican a la escritura. También me sirve, y esto me parece más interesante, como recogida de información sobre cómo actúan sus familias.

Me explico.

Ha sido sorprendente observar que la mayoría de los regalos de los chicos han sido videojuegos y consolas. En los alumnos más difíciles, más inquietos , respondones y movidos prácticamente sólo han recibido regalos audiovisuales.
Esto me lleva a la siguiente conclusión: qué fácil es tener al niño en casa enganchado a la consola para que no moleste en casa. Niños que se esfuerzan poco o nada en clase, que suspenden sistemáticamente, y que reciben regalos por doquier.

Por supuesto esto es una conclusión simplista, puesto que cada familia se rige por innumerables matices a la hora de educar a sus hijos. Pero por otra parte tampoco creo que vaya muy desencaminado en mi sencilla reflexión.
¿Esta es la educación que queremos? ¿Qué conseguimos apartando a nuestro hijo en su habitación con su consola? Tranquilidad. ¿Cómo repercutirá esta tranquilidad al cabo de unos años?

Por la parte que me toca también soy consciente de que muchos docentes hacen precisamente esto. A falta de videoconsolas en el aula fácil es cargar al alumno con ejercicios para que no pueda ni respirar. Fácil es usar sólo el libro evitando trabajos en equipo y/o colaborativos. Yo, en ocasiones, me he sorprendido haciendo lo mismo. Trabajo para cambiarlo (cada curso cambio aspectos metodológicos o pruebo nuevas estrategias que no siempre funcionan).

Predicar con el ejemplo, “jodó qué difícil”

En la reunión que tengo con los padres de mis alumnos al comienzo del curso siempre hago hincampié en un aspecto. No podemos pedir a nuestros hijos/alumnos cosas que nosotros no cumplimos. Algo a priori tan sencillo se torna tremendamente complicado en el día a día con los alumnos (y por consiguiente, con los hijos). Yo, siendo consiciente de esta dificultad y sabiendo que los niños aprenden distintas conductas por observación, me esfuerzo todos los días en intentar dar ejemplo. Sé que en ocasiones no lo consigo: cuando bajo la guardia y, cansado del ruido y de no poder hablar levanto la voz para pedir silencio. O suelto un – Cállate, fulanito.

Este aprendizaje esta basado en una situación social en la que al menos participan dos personas: el modelo, que realiza una conducta determinada y el sujeto que realiza la observación de dicha conducta; esta observación determina el aprendizaje

A los padres les digo lo mismo. Intentad, sabiendo que es harto difícil, dar ejemplo. No podemos decirle al nuestro hijo/a: vé a leer, que es importante, que lo ha dicho el profesor, mientras nosotros vemos el partido de fútbol y nuestro retoño nunca nos ha visto coger un libro. No podemos decirle, ¡estudia que es importante para tu futuro! mientras nuestra mujer está haciendo la cena, poniendo la mesa y colgando la ropa y nosotros tirados en el sofá rascándonos la entrepierna. Extraigo del blog de Miguel Ángel Santos Guerra la siguiente escena:

El dueño de un huerto de árboles frutales sorprendió un buen día a un muchacho encaramado en lo alto de un árbol. Tenía en sus manos un saco en el que estaba metiendo las peras que afanosamente recogía con sorprendente habilidad.

El dueño gritó enfurecido:

– ¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo? Bájate ahora mismo del peral y dame ese saco con la fruta que me estás robando.

Y añadió en un tono severo y conminatorio:

– ¿Cómo se llama tu padre? Llámalo, dile que quiero hablar con él sobre lo que estabas haciendo.

El chico mira hacia arriba y dice:

– Papá, baja del árbol. Aquí hay un hombre que quiere hablar contigo.

Estas navidades en Nochevieja, después de la cena oí cómo uno de mis cuñados espetaba a su hijo (de ocho años) ¡Si yo te digo que recojas tus zapatillas porque las dejas en el salón las coges y las guardas, sin rechistar! ¡Soy tu padre y si yo las dejo en el salón las dejo porque soy tu padre y tú no eres quién para decirme nada! Su hijo, lo reconozco, es complicado. Pero hablándole así dudo mucho consiga nada positivo.

Por mi parte sigo intentando dar ejemplo. Procuro no levantar la voz, respeto (eso siempre) a mis alumnos, dialogo todo lo que puedo, evito en lo posible los castigos en favor de los refuerzos positivos. Intento, en definitiva, educar con y en justicia.

Mañana comienzan de nuevo las clases. Uno de mis propósitos es seguir trabajando en esta línea de justicia y otro es probar nuevas dinámicas en clase (será en otro post): ¿es el aburrimiento la lacra de la escuela?